Una historia que merece ser contada y, sobre todo, escuchada.


Por Verónica Mellado Lucero
Representante Legal - Directora Ejecutiva Corporación Vida Familiar
Un día, mamá te despierta con urgencia y te dice: “Vamos, de prisa, tenemos una aventura”. Emocionado y un poco confundido, guardas unas pocas cosas en tu mochila. Te gustaría preguntar a dónde van o qué clase de aventura es, pero al ver su rostro, algo dentro de ti te dice que no es momento de hacer preguntas. Te mantienes en silencio.
Salen de casa. De reojo, miras una vez más todo a tu alrededor. Algo te dice que no volverás a verlo. Afuera, ves personas corriendo, llorando, con rostros desencajados. Te preguntas: ¿ellos también estarán viviendo esta misma aventura?
Pasan los días. La emoción de no ir a clases desaparece. Acampar ya no suena tan divertido. El sonido de tu estómago no te deja escuchar claramente ese “todo va a estar bien” que mamá repite. Por las noches, la ves llorar en silencio y te preguntas si, tal vez, a ella no le gustan tanto las aventuras.
Pasa una semana. Luego, un mes. La historia de la “aventura” se desvanece. Conoces a otros niños. Ellos también huyeron de sus hogares, pero sus historias suenan todavía más tristes. Piensas si acaso están en otro tipo de juego, uno que tú aún no comprendes del todo.
Tienes cada vez más hambre. Más sed. Mamá dice que no tiene apetito y te da su plato, pero empiezas a sospechar que eso no es cierto. Sus ojos cansados, su cuerpo debilitado y su voz apagada te lo confirman. Cada día caminan kilómetros. Tus pies están heridos. Tu ropa, sucia y rota. Forman parte de una multitud de personas que grita, llora, carga niños, bolsas, esperanza. Ves banderas, uniformes, fronteras… pero no comprendes qué está pasando.
Empiezas a extrañar tu cama. Tus juguetes. Ya ir a clases no suena tan mal. Quisieras decírselo a mamá, pero ella no parece sentirse bien. Se ve más débil cada día. Intentas ser fuerte por ella… pero solo eres un niño.
Según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de 43,3 millones de niños y niñas en el mundo han sido desplazados por la fuerza. Esto incluye a menores refugiados, solicitantes de asilo y desplazados internos debido a conflictos armados, violencia, persecuciones o desastres. Cada uno de esos millones tiene una historia como la de este niño. Una historia que merece ser contada y, sobre todo, escuchada.
Comentarios
Publicar un comentario